¿Cuál es la solución?


No hace falta que nos convenzan de salir corriendo ante la imagen, el calor, el olor y la sensación de peligro de un incendio forestal incontrolable. Agarramos lo que esté a mano y emprendemos la retirada sin importar cuán valiosas sean nuestras pertenencias. ¡La vida vale más! Es cierto que alguien que se encuentra muy lejos no sentirá lo mismo, porque estará fuera de su alcance, y a lo mucho sentirá lástima por quienes no puedan huir antes de que el fin los alcance.

En tales casos, nunca falta quienes se confían pensando que su vida no corre peligro. Tal vez se sienten a ver las noticias por televisión para contemplar en qué terminará el asunto. Pero entonces el reportero anuncia que el viento ha cambiado de dirección y el fuego se está propagando rápidamente hacia la zona donde están esas personas, y que todos los caminos han sido bloqueados por llamaradas que alcanzan los 30 metros de altura, imposibilitando la huida en cualquier dirección.

Vivimos en tiempos similares a un incendio forestal, y todos estamos implicados directa o indirectamente. Cualquier persona razonable puede darse cuenta de que las noticias no cuentan la más cruda realidad, sino que solo cuentan lo que sea tolerable por los lectores, oyentes o televidentes. La cruda realidad es que no puede mostrarse todo tan abiertamente. Las redes sociales son un poco más liberales, pero aun así no logran mostrar la cruda realidad. Lo cotidiano es la violencia, el asesinato, el robo, el adulterio, la maldad en todas sus formas.

En medio se encuentran las indefensas ovejas del Señor, que claman por justicia: "¡Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra, como en el cielo". (Mateo 6:9-10) Les cuesta ver el horror que aparece en las noticias. Cada día reciben un bombardeo de datos desagradables y desesperanzadores.

Ante un panorama tan exclusivo de nuestros tiempos, desgarra el corazón reconocer que la humanidad no ha aprendido las lecciones de la historia ni tampoco a resolver sus problemas, sino que todo lo que hace es agrandarlos con soluciones aparentes que suelen llevar a más problemas. Por poner un ejemplo, inventan los drones para ayudarnos a filmar y fotografiar nuestra hermosa tierra desde cientos de metros de altura, También a transportar productos de primera necesidad hasta la puerta de nuestra casa, y hasta a visitar lugares alejados o peligrosos sin tener que acercarnos mucho. Pero ¿acaso los hombres violentos, impostores y malvados no aprenderá a darles uso igualmente, pero para ver mejor adónde llevar sus drogas y artefactos explosivos y causar un mayor daño?

Hemos llegado a un punto en que podemos decir, en honor a la verdad: Todo se les ha escapado de las manos. Aparentemente, se trata de una espiral y un ciclo viciosos en el que cualquier solución solo agrava el problema, y que nada que podamos hacer a título personal tendría el impacto suficiente como para detener o dar marcha atrás a la escalada del mal.

En su afán por hacer algo, muchedumbres anónimas terminan vociferando y lanzándose a las calles con grandes pancartas, clamando: "¡Paz!", "¡Alimentos!" y "¡Justicia!". Pero hay que ser bastante ingenuos para creer que con dichas manifestaciones se resolverán los graves problemas que están hundiendo el transatlántico llamado mundo. Solo expresan más horror, angustia y ansiedad. Familias enteras huyen de sus tierras, despavoridas, buscando refugio en otras que también están a punto de colapsar. No saben lo que será de su futuro ni cómo resolver el presente.

¿Dice la Biblia qué podemos hacer a nivel personal?

Felizmente, si. El capítulo 18 de Apocalipsis es contundente al indicar la manera de escapar de todas esas cosas que estaban destinadas a suceder. Poco antes de que Jesús fuera asesinado, él predijo que el templo de Jerusalén sería destruido, una verdad indiscutible que quedó registrada en la historia universal. Pasarían unos 40 años para aquel suceso, tiempo más que suficiente como para que sus discípulos huyeran y se pusieran a buen recaudo. De hecho, Jesús fue claro al decirles que huyeran a las montañas. Lucas (21:5-11) escribió:

"Jesús les dijo: 'Vendrá el día en que no quedará piedra aquí sobre piedra. Todo será derribado'. Entonces, le preguntaron: 'Maestro, ¿cuándo será, y qué señal tendremos cuando esté a punto de ocurrir?´. A lo que él contestó: "Mucho cuidado. No se dejen engañar'". Y pasó a indicarles en qué consistiría aquella señal, diciendo: "Muchos se valdrán de mi nombre y dirán: 'Yo soy [su salvador]', y 'El tiempo está cerca'.” ¿Y qué les advirtió? Sus instrucciones fueron claras: "No vayan tras ellos. Sepan que habrá guerras y revoluciones. Pero no se asusten. Todo eso sucederá primero. El fin no vendrá inmediatamente". En pocas palabras, sería un proceso largo caracterizado por guerra y revoluciones.

Y especificó aún más los detalles, diciendo: "Se enfrentará país contra país, y gobierno contra gobierno. Habrá grandes terremotos y hambrunas y epidemias por todas partes, y cosas espantosas y extraordinarias en el cielo". No los dejó a oscuras ni en incertidumbre. Les dijo específicamente lo que iba a suceder, cómo iba a suceder, cuándo iba a suceder, por qué iba a suceder y qué tenían que hacer para salvar el pellejo. Los versículos 21 y 22 dicen: "Entonces los que estén en Judea huyan a las montañas, los que estén en la ciudad salgan de ella, y los que estén en el campo no entren en la ciudad. Porque habrá llegado el tiempo de juicio y se cumplirá todo lo que está escrito".

No les dijo el día y la hora, lo cual podría ser peligroso, porque podrían adormecerse espiritualmente y confiarse demasiado. Más bien, quería que se mantuvieran despiertos por medio de estar atentos a las características de los tiempos, a los sucesos cotidianos, a las tendencias políticas, al desenvolvimiento de la historia y a las actitudes de la gente. Eso les serviría de señal. No necesitarían más. El que se descuidara y no prestara atención se convertiría en presa fácil del pánico con sus consecuencias concomitantes.

Igualmente, para el final de los tiempos señalados, es decir, los tiempos previos al Armagedón, Jesús dejó instrucciones específicas para que salváramos no solo el pellejo, sino la integridad que necesitaríamos para entrar a su reino de justicia. En el capítulo 18 del libro de Apocalipsis, el apóstol Juan recibe estas instrucciones de Jesús y las pone por escrito: "Salgan de allí, pueblo mío, si no quieren ser cómplices de sus pecados, ni que los contagie alguna de sus plagas. Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus injusticias. (Apocalipsis 18; Isaías 52:11-12)

Es interesante que la Biblia se refiera vez tras vez a las plagas, no solamente como enfermedades físicas, como las que se pueden contraer por contagio de un virus o bacteria, sino como enfermedades espirituales, emocionales y mentales. Los que contraen esta clase de enfermedad suelen cosechar muchísimos dolores y sufrimientos debido a las consecuencias de sus acciones o las de otras personas. Por ejemplo, una persona violenta y cruel cosechará violencia y crueldad, aunque físicamente aparente gozar de una situación y salud envidiables.

Pero ¿por qué usaría Juan las antiguas palabras registradas en Isaías 52:11-12 para dar instrucciones específicas respecto a un día futuro? Porque las condiciones de los tiempos de Isaías serían muy semejantes a las del tiempo previo al Armagedón, cuando Satanás fuera restringido. (Apocalipsis 20:1-3) Isaías sabía que muchas de sus profecías se cumplirían en un futuro lejano. (Isaías 30:8) Al examinar detalladamente cómo se desencadenaron los asuntos en aquel tiempo, podemos formarnos una idea clara de cómo se desarrollarán los asuntos en este tiempo, no para ser meros observadores, sino a fin de tomar acción y lograr sobrevivir, tal como los fieles sobrevivieron en aquel tiempo.

La orden fue: "Salgan de allí". ¿Es muy difícil entender un mandato tan claro? El mandato no fue dado a toda la humanidad, sino al "pueblo mío", es decir, al pueblo de Dios. El pueblo de Dios en el tiempo del fin estaría metido en una ciudad o situación de la que tendría que salir rápido. Uno no le pide a alguien que "salga" si no está dentro de "algo", ¿verdad?

¿De qué ciudad o situación tendrían que salir, a fin de ponerse a buen recaudo cuando llegara el tiempo del fin? Juan lo dice claramente: Se trataba de una ciudad o situación en la que abundaba el pecado y la injusticia, la vanagloria, arrogancia, lujo, jactancia, fornicación, pestilencia, aflicción, hambre y toda clase de plagas de naturaleza semejante. De modo que no se trataba de algo que no pudieran distinguir, como si tuviesen que ser ciegos para no verlo con sus ojos.

Y ¿cómo se llamaba aquella ciudad? Babilonia La Grande, es decir, la Magnífica, la Reina, la Única, la Diosa. Nadie que viviera dentro de sus muros escaparía con vida. Todos serían dados por entero al castigo. En tono de súplica Dios dice a su pueblo que salga de allí urgentemente, que no sea cómplice de sus pecados. Y le advierte claramente que, de no salir, terminaría infectado con sus plagas (pecados, injusticias, vanidades, arrogancias, lujos, jactancias, fornicaciones, pestilencias, aflicciones, hambre, sufrimiento, dolor, desesperanza y más).

Los pecados de ese lugar o situación se habían amontonado hasta el cielo, es decir, hasta un punto en que Dios tendría que intervenir para salvar a su pueblo. Según Mateo: "Ocurrirá tal adversidad como la cual no hubo una desde el principio del mundo hasta entonces, ni volverá a ocurrir jamás. Si [Dios] no  acortara esos días, nadie sobreviviría. Pero por causa de los elegidos [Dios] acortará los días". (Mateo 24:21-22) En otras palabras, la solución no estaría en manos de la humanidad, sino de Dios.

Sin embargo, como vimos, Dios exige un requisito: "Salir de ella". Su advertencia es que si permanecemos dentro de ella, nos ocurrirán todas las horribles consecuencias antes mencionadas. Él nos considerará cómplices. La inacción, o la acción en dirección diferente a la especificada, no proveerá salvación a nadie. De nada nos servirá clamar: "Señor Jesucristo, tú eres mi salvación", porque mientras nos mantengamos dentro de ella, Dios nos considerará cómplices de sus pecados. Por tanto, la solución está a la mano: Tenemos que salir de ella urgentemente.

El término Babilonia La Grande es simbólico

Juan no usó lenguaje abierto para comunicar el mensaje, sino símbolos y señales que permitieran que su libro perdurara a través de los tiempos como un secreto que solo podría descifrarse cuando llegara el tiempo del fin. A Daniel se le dijo algo parecido cuando pidió información respecto al resultado final:

"A pesar de que presté atención a lo que me dijo, no entendí nada. Por eso, pregunté: 'Señor, ¿en qué va a parar todo este asunto?' Y él me contestó: 'Sigue tu camino, Daniel. Estas cosas permanecerán selladas y secretas hasta que llegue la hora final. Entonces muchos serán purificados y perfeccionados [mediante la Palabra], y quedarán limpios. Pero los malvados seguirán cometiendo maldades, y ninguno de ellos entenderá nada. Solo los que resulten sabios lo entenderán todo.' " (Daniel 12:8-10)

Por lo tanto, no deberíamos esperar que Juan escribiera su Apocalipsis de manera abierta. En sus tiempos, los cristianos y su mensaje eran perseguidos cruelmente. La simbología del Apocalipsis tiene que descifrarse de una manera que armonice con toda la Escritura. No es cuestión de dar a cada símbolo lo que a uno le parece bien. Recordemos que Jesús usó la profecía de Isaías para que Juan dijera cosas parecidas en el Apocalipsis, dando a entender que, si queremos entender los símbolos del Apocalipsis, debemos entender el contexto de toda la Biblia y, tal como advirtió Jesús, mantenernos atentos a los acontecimientos mundiales. Los acontecimientos mundiales y el entendimiento de las Escrituras le permitiría al pueblo de Dios escapar, "¡salir de ella!" y ponerse a buen recaudo.

Por lo tanto, la solución radica en estudiar a fondo la Biblia e identificar su simbología apropiadamente, a fin de tomar medidas específicas para la salvación, la primera de las cuales, y la más importante, es poner fe en Jesús y en su Padre. Porque, como dice Apocalipsis 11:15: "El reino del mundo ha pasado a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y él reinará por los siglos de los siglos".
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